viernes, 6 de enero de 2012

PEDRO TEROL, MANUEL RODRIGUEZ Y "CARCELERAS"

Aquilino Sánchez Nodal.
 Hace no muchos días estabamos Marcial Lalanda y yo sentados en un café de la Puerta del Sol en Madrid, a nuestra mesa se acercaron, Pedro Terol y Manuel Rodríguez “Manolete” que paseaban charlando amigablemente. La sorpresa fue muy agradable. Por su manera de saludar se adivinaba que su amistad venía de lejos, que no había sido un encuentro casual. Parecía entrañable entre los dos genios del arte, caso nada corriente entre toreros y tenores. Tampoco podía ser por vecindad, ya que, uno se crió en Córdoba y el otro en Orihuela, demasiada distancia para haber tenido una infancia común. Presentía que algo interesante había juntado a los dos personajes para lograr esa amistad. La cara que puse de sorprendida interrogación resultó ser la pregunta sin palabras, que movió a Terol a responder con su habitual educación: 

- ¡Naturalmente que somos amigos!. Se puede decir que Manolo y yo hemos dado nuestros primeros pasos juntos. 

A continuación relato lo que los dos fenómenos nos contaron “al alimón” que resulta ser un episodio inédito. 

“Allá por 1.932, los campos de Córdoba estaban sedientos, secos hasta lo nunca visto. A lo lejos, una lengua verde indicaba el lento discurrir del río Guadalquivir camino de Sevilla. Aquel páramo había sido elegido para los exteriores de una película, la primera sonora que se rodaba en España. “Carceleras” era el título. No se trataba de un guión original, era la adaptación al cine de la zarzuela del mismo nombre. Benito Perojo la producía y José Buchs era el director. La “cosa” iba de un joven tenor que las pasaba “canutas” para hacerse un hueco en el mundo del bello canto. Ni que decir que el barítono los interpretaba Pedro Terol y la bella protagonista, Raquel Rodrigo, musa de don Benito. 

Al momento, la voz del director sonó como un trueno: 

- ¡Todo preparado para la escena de la plaza!. 

Al escuchar el vozarrón, un chaval que sostiene, en su mano derecha una muletilla y en la izquierda una gorrilla de visera que estrujaba con nerviosismo. Respingo de sorpresa del muchaco. El director se dirige al chico: 

- ¡Niño que no se te ocurra seguir toreando después de oír corten!. 

Aquel muchacho enjuto, delgado hasta el extremo, vestido con una guayabera blanca y que oprime su gorra de visera, asiente con la cabeza. 

El director advierte a Terol: 

- Y entonces usted cruza la plaza a paso normal. 

La secuencia comienza dando el mozalbete unos muletazos a una becerra bastante metida en carnes. 

- ¡Corten!. ¡Chavalillo fuera de la plaza!. 

Resulta inútil. Por más que el director insiste en la señal convenida, el niño, sin dársele un ardite del lío que armaba seguía con la faena. 

- ¡Niño, vete de ahí! ¡Quita de delante!. 

Todos los componentes de equipo de rodaje gritaban y vociferaban inútilmente, el maletilla no dejaba de torear. El mismísimo Pedro Terol lo apartó a tirones de la vaquilla. A la sombra de la tapia, el muchacho se secaba el sudor del rostro, el ayudante de dirección se acerca y le dice: 

- ¡Buena la has hecho, niño del demonio!. 

- Esta güeno, está güeno - fue la respuesta del torerillo. 

Diez años después, en la fiesta organizada por la Asociación de la Prensa de Barcelona, son invitados dos toreros, máximas figuras, Marcial Lalanda y Manuel Rodríguez, “Manolete”, además del artista más importante de España, Pedro Terol. En un momento del ágape, “Manolete” se acerca al grupo que rodea al tenor: 

- ¿Usted no me “conose”?. 

- ¡No le voy a conocer! Y además le admiro de verdad, usted es,“Manolete”. La prueba de mi admiración por usted es que no me pierdo una corrida de toros en la que actúe. 

- ¿Y nada más de eso me “conose”. 

- Hasta el momento, de nada más. 

- Pues sin embargo, yo hace muchos años que le conozco a usted y también lo admiro. Usted va a recordar ese conocimiento en cuanto le diga como fue el “suseso”. 

A continuación, Manuel Rodríguez, “Manolete”, relata a Terol lo anteriormente comentado en referencia a “Carceleras”. Pedro Terol se acordaba de todas las anécdotas sucedidas en aquel día de sol y polvo, con aquel maletilla “aquijotao”, flaco y largo como un día sin puchero. Al día siguiente, el torero brindó, la muerte de su primer toro, al maestro Pedro Terol, con la siguiente dedicatoria: 

- Le brindo la muerte de este toro a usted, mi amigo en tiempos penosos y “difísiles”, con el deseo de que nuestra amistad continúe en estos menos malos. 

Al siguiente día, los dos amigos salieron de Barcelona. Pedro Terol a cantar en Madrid, Manuel Rodríguez, “Manolete”, a triunfar en cualquier ruedo de España. 

Desde aquel momento, cuando los dos artistas coincidían en una ciudad, buscaban la ocasión de juntarse y con animada charla cumplían con el deseo manifestado en aquel brindis. 

La amistad es el único agarradero que perdura en las personas extraordinarias que se deben en cuerpo y alma a una profesión para gozo de todos los mortales. 

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